El Editorial: Mundos bolivarianos, las cárceles

Los países terminan fracasando cuando sus líderes son incompetentes o incapaces para resolver los problemas fundamentales de la sociedad. Sucede cuando los líderes se enamoran de sí mismos, piensan que van a cambiar la historia y dejan para otros mortales menos afortunados lo que consideran "asuntos menores". O sea, aquello que no les abrirá, a su juicio, las puertas de la inmortalidad. Las sociedades, a su turno, se van rindiendo y se resignan a convivir con esos "problemas mediocres" como si, en efecto, fueran insolubles.

Vienen unos gobiernos y otros se van, un presidente sucede a otro, (o un mandatario se eterniza en el poder, como el general Gómez), suben y bajan ministros, cambian de nombre los ministerios, y esos problemas persisten hasta el extremo de desacreditar a quienes están obligados a resolverlos, o de condenar a los ciudadanos al purgatorio de las culpas ajenas.

Pocos de los problemas inscritos dentro de esta categoría son tan obstinados como los del sistema penitenciario de nuestro país, conocido como uno de los peores de América Latina.

Otros tienen las excusas de su pobreza, como Haití, pero Venezuela, y en particular el Estado, es el más rico y todopoderoso de Latinoamérica. El fracaso es doble. Y en este asunto de las cárceles esos fracasos se acumulan desde hace décadas.

Los gobiernos envejecen, y, por lo general, no se dan cuenta.

Conviene hacerles el favor de advertírselo de vez en cuando. Eso le ocurre al gobierno de la "revolución bolivariana", que acumula el tiempo equivalente a dos periodos de antes. Siete Días publica este domingo un reportaje de la periodista Adriana Rivera sobre la cárcel del Rodeo II, a la cual llama de manera apropiada "antesala del infierno". Allí tienen su asiento todas las calamidades más inimaginables. "Un festín de armas y drogas", donde la vida de los presos tiene precio. Los reclusos, cuenta Adriana Rivera, viven en un estado permanente de guerra.

En 2007 hubo en el penal 31 muertes violentas, obra del sistema equívoco, de la incapacidad, de las mafias que dictan la ley, de las condiciones infrahumanas que allí se padecen. El tráfico de armas es uno de los azotes de los presos. Sin la complicidad de los guardias nacionales no sería posible introducir armamento a las cárceles. La cadena de complicidades conforma una red de delitos que termina en la violencia, que pasa por las drogas.

Siete Días no se limitó a describir el infierno. Consultó a especialistas como Elio Gómez Grillo con el fin de aportar visiones y experiencias y de contribuir con la solución de tan antiguo problema.

Los fracasos se convierten en hábitos. Nos estamos habituando insensatamente a considerar que el caos penitenciario no tiene remedio. Que los presos hacinados carecen de derechos. Que igual pueden morir que malvivir. A los reclusos les cuesta dinero subsistir, y quien no cuenta con unos bolívares fuertes tiene los días contados. Esta barbarie tiene lugar en la Venezuela bolivariana del siglo XXI. ¡Qué horror de socialismo militar!

Fuente: EL NACIONAL - Domingo 13 de Abril de 2008      
Opinión/10


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