En El Rodeo II conviven entre la mugre y los barrotes oxidados

1.016 internos padecen por insalubridad y brotes de enfermedades

DEIVIS RAMÍREZ MIRANDA
EL UNIVERSAL

La acumulación de basura es evidente. Montañas de mugre se exhiben en cada esquina del penal El Rodeo II, de Guatire, en el estado Miranda. Con ello, deben convivir los 1.016 internos que permanecen recluidos en ese centro penitenciario. Además, los barrotes oxidados, las escaleras que se caen a pedazos y las columnas improvisadas con listones de madera obligan a los reos a pasearse en un mundo que han denominado "la casa de Cristo".

Para los familiares de los presos tener que acudir a las visitas es "un mal necesario", pues deben acompañar a sus seres queridos, pese a las condiciones infrahumanas donde subsisten. "Es terrible caminar entre gusanos y moscas, soportando la decadencia más pronunciada de las instalaciones sólo porque no podemos abandonar a nuestros muchachos", explicó Lorena Ramos, familiar de un recluso.

Cuenta, además, que una vez parada a la entrada del penal, un día normal de visita, comienza la odisea de vivir unas horas llenas de alegría y decepción, pues soportar los olores de descomposición de alimentos y cloacas rebosadas no es nada fácil. "Desde que pasamos la revisión y nos aprueban el acceso, hay que tener estómago para aguantar hasta llegar al pabellón donde está el ser querido", dice.

Pastores del sector evangélico del penal, ubicados en el piso 3, destacan que el trabajo diario del grupo ha ayudado a soportar el hacinamiento existente. Sin embargo, no han logrado subsanar las diferencias entre bandas enemigas, como Barrio Chino y Corte Negra, quienes se enfrentan con regularidad en las instalaciones. Tampoco se ha avanzado en la conservación de los espacios físicos. No hay baños ni servicio de agua potable. A la hora de hacer sus necesidades fisiológicas, cada reo debe utilizar una bolsa plástica y lanzarla en el patio trasero, lo que ha generado gran foco de contaminación, además del brote de enfermedades infecciosas. Ya no hay barrotes de protección, pues las filtraciones han causado su oxidación.

En las puertas de cada pabellón, dos o tres reos cumplen la función de "gariteros" y deben montar guardia para verificar quién se acerca. Están dispuestos a defender su "cueva" y al líder. Utilizan armas de fuego para hacerse respetar, porque "no hay tregua para el enemigo". La venta y consumo de drogas es evidente, pues emplean una especie de ascensor (tobo con cuerda) para despachar los pedidos entre los pisos.

Fuente: El Universal

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